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Frente a su propia muerte, Pablo escribió: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia… y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida» (2 Timoteo 4:6-8). Una cosa es esperar el regreso de Cristo, y otra muy distinta es amar Su regreso. Después de estudiar las cuatro posturas escatológicas, vale la pena preguntarse: ¿qué es lo que realmente nos une como cristianos, más allá de nuestras diferencias sobre el milenio?
Lo que nos une
Con excepción del preterismo completo (que la mayoría considera herético), el premilenialismo, amilenialismo, postmilenialismo y preterismo parcial comparten verdades centrales:
El regreso literal de Jesús: todas sostienen que Cristo volverá físicamente para resucitar a los muertos y consumar el reino de Dios (Apocalipsis 22:12).
La soberanía de Cristo: Él es el Rey cuya autoridad y victoria están aseguradas (Colosenses 1:13).
La victoria sobre el mal: ya lograda en la cruz y consumada en su regreso (Colosenses 2:15).
El llamado a evangelizar: «este evangelio del reino se predicará en todo el mundo… y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14).
La esperanza de la consumación: cielos nuevos y tierra nueva, donde Dios mismo habitará con su pueblo (Apocalipsis 21:1-4).
Como escribió John Piper: «Las diferencias escatológicas, como premilenialismo o amilenialismo, son secundarias; la unidad en Cristo es primaria, ya que todos esperamos su regreso glorioso.»
Discernir con amor, no para dividir
Al mismo tiempo, es sano reconocer preocupaciones pastorales legítimas en cada postura — no para criticar, sino para cuidar el corazón de la Iglesia (Efesios 4:3):
Sobre la Gran Tribulación: las visiones que enseñan un «escape fácil» antes de la persecución pueden generar una falsa sensación de seguridad; hoy la persecución afecta a creyentes en al menos 78 países. Por otro lado, minimizar la tribulación o espiritualizarla puede dejar a la Iglesia desprevenida.
Sobre el regreso de Jesús: presentarlo con temor y ansiedad (juicios inminentes, «rapto sorpresa») no refleja el gozo que enseña la Escritura; pero ponerlo en un segundo plano, esperando una transformación gradual del mundo, puede generar desánimo cuando el mal se intensifique (2 Timoteo 3:13).
Sobre Israel y la Iglesia: en Cristo ya no hay separación espiritual entre judíos y gentiles — todos somos «uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3:28). Pero la Biblia también muestra que Israel conserva un llamado nacional que Dios cumplirá (Romanos 11:26), sostenido por pactos perpetuos (Génesis 17:7-8; 2 Samuel 7:12-16). Negar ese llamado futuro no es un detalle menor: a lo largo de la historia, la idea de que Israel fue «reemplazado» ha alimentado actitudes antisemitas dentro y fuera de la Iglesia, desde los sermones de Juan Crisóstomo hasta el Holocausto. Afirmar que Dios aún cumplirá sus promesas a Israel es, a la vez, una convicción teológica y una protección contra ese error histórico.
Conclusión
Amar la venida de Cristo no es simplemente conocer cronogramas escatológicos o ganar debates sobre el milenio: es vivir cada día con la certeza de que nuestro Rey viene pronto. Como decía John Wesley, la meta es la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz, y como resumió Charles Spurgeon, «la unidad de la Iglesia es la corona de la gloria de Cristo». Estudiar los últimos tiempos —el triaje teológico, la exégesis, la hermenéutica, las cuatro posturas escatológicas y el lugar de Israel en el plan de Dios— no tiene como meta ganar argumentos, sino formar una Iglesia que ame profundamente la venida de Jesús, discierna con sabiduría y viva en unidad mientras espera, con esperanza y sin temor, el regreso glorioso de su Rey.




